Uno vuelve sin reserva al patrimonio de los afectos y no hay mejor conducto para ese regreso que el que marca el recuerdo. Tantas cosas recordadas, tantas personas queridas y tantas cosas y personas perdidas, demasiadas ausencias.
Pero nada más grato que ese encuentro que, además, supone un descubrimiento, como el que hago con los cuadros de Gemma García Blanco.
Gemma mira el mundo, ve las cosas, siente sus percepciones de artista con una explosión de color y vitalidad, y este tipo de explosiones son de las que de verdad reconcilian con la pintura, ya que nos retrotraen a los más originario de la misma, al gusto de una expresividad no contaminada.